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Søren Kierkegaard, Johannes Climacus o el dudar de todas las cosas, traducción del danés de Patricia C. Dip, Buenos Aires, Editorial Gorla, 2007, 78 pp. ISBN: 987-22081-7-2.



El texto que presentamos aquí constituye un opúsculo incompleto, redactado por S. Kierkegaard probablemente entre fines de 1842 y principios de 1843. El plan original de la obra quedó trucado y su autor abandonó el manuscrito, ni corregido ni publicado, sin una razón explícita, quizá por motivos circunstanciales o quizá también –como lo sugiere la traductora– por una estrategia de comunicación indirecta. De aquí que este inédito aparezca por primera vez entre los Papeles kierkegaardianos (Søren Kierkegaard Papirer, 1ª ed., Gyldendalske Boghandel Nordisk Forlag, Copenhague 1909-1948, IV B1 104-150) y no en sus Obras Completas.
El nombre Johannes Climacus es la forma latinizada de un monje griego del Sinaí, que vivió alrededor del año 600 y fue el autor de Escalera al paraíso. En el contexto de su elaboración literario-filosófica, Kierkegaard asumió la figura de Climacus y lo convirtió tanto en el personaje principal del presente escrito como en uno de sus seudónimos, a quien le atribuye Migajas filosóficas o un poco de filosofía (1844) y el Post-scriptum definitivo y no científico a las Migajas filosóficas (1846). Climacus representa una de las personalidades estéticas creadas por Kierkegaard y a él se opone la exigencia cristiana de Anti-Climacus, seudónimo al cual se deben La enfermedad mortal (1848) y El ejercicio del cristianismo (1850).
El desarrollo del texto se basa en el problema cartesiano de la duda como raíz de la filosofía moderna. Las lecciones universitarias de Hans L. Martensen dictadas entre 1837-1838 le enseñaron a Kierkegaard que la filosofía moderna comienza con la duda y, a partir de entonces, el “dudar de todas las cosas” (IV B1 115) se convirtió para él en un lema, no sólo del cartesianismo sino especialmente del idealismo hegeliano, que intentó un comienzo sin presupuestos y de la nada. Kierkegaard asume el inicio de la duda tanto para cuestionar su consistencia especulativa como para proponer una interpretación existencial de la misma, cuyo significado no resida en el pensamiento abstracto sino en la libertad subjetiva y singular. En este sentido, el texto es crítico de la modernidad –o, mejor, de la propia lectura kierkegaardiana de la modernidad– a la vez que admite sus presupuestos para elaborarlos desde una perspectiva existencial.
La primera parte de la obra consiste en un relato, no menos literario que autobiográfico y filosófico. Allí se presenta a Johannes, un joven estudiante “de esencia retraída”, “extranjero en el mundo” y “enamorado del pensar”, que le permite elevarse como “una escalera al paraíso” (IV B 1 105-6). Johannes representa tanto a Kierkegaard mismo como a la especulación hegeliana y a toda una instancia existencial, entregada a la reflexión abstracta pero sin consistencia existencial ni ética. Desde que Climacus aprendió que el pensamiento comienza dudando, su reflexión dialéctica se esforzó por dilucidar la relación efectiva de la filosofía con la duda. Si esta relación es accidental –discurre él–, entonces el hecho de que la modernidad comience con la duda es trivial y nada puede concluirse de él. Si, por el contrario, esta relación es esencial, entonces tanto la existencia concreta del hombre como historia de la filosofía resultan poco relevantes frente a la eternidad abstracta del inicio. En estos términos introduce Kierkegaard uno de los problemas centrales de su pensamiento, a saber, la relación entre la realidad y la idealidad, la contingencia y la necesidad del acontecer, el progreso histórico y el movimiento conceptual. Enredado en devaneos intelectuales, Johannes pasa del hecho histórico de la duda cartesiana a su necesidad absoluta, para concluir irónicamente en la eternidad del comienzo filosófico, cuya abstracción anula la existencia singular. La crítica a la especulación moderna en general y hegeliana en particular es aquí patente, y le permitirá a Kierkegaard plantear el verdadero lugar de la duda, que no es el especulativo ni el intelectual sino el existencial.
La segunda parte de la obra es de carácter filosófico y da cuenta de la “posibilidad ideal de la duda en la conciencia” (IV B1 145). La conciencia inmediata ignora la duda. Para ella todo es verdadero y falso a la vez, porque en su indeterminación irreflexiva no cabe la dualidad relacional del dudar. Sin embargo, la conciencia es incapaz de permanecer en su inmediatez y necesariamente la elimina por una reflexión mediadora. La inmediatez es la realidad. La mediación es la idealidad y esta última, lenguaje, que al expresar lo inmediato lo suprime y presupone a la vez. Con la conciencia reflexiva alcanza Kierkegaard la condición del dudar, que no es otra que la escisión entre lo real y lo ideal, de la cual surge la “posibilidad” (IV B 1 147) de su relación y la realidad de su contradicción. La contradicción define a la conciencia reflexiva y se establece propiamente entre tres términos, puesto que “tan pronto como yo en tanto espíritu me vuelvo dos, soy eo ipso tres” (IV B 1 148). La división de los términos no se produce en la dualidad sino en “un tercero, que es el interés o la conciencia” (IV B1 149). Pero si hay escisión y contradicción, debe haber por lo mismo un punto de mediación y unidad, un “interesse” (IV B1 148) que salve al pensamiento de la duda y a la existencia de la desesperación. Es aquí donde Climacus introduce por primera vez la categoría de “repetición”, en la cual “la idealidad y la realidad se tocan entre sí” (IV B1 150) por una mutua reduplicación de ambos términos en lo tercero de la unidad.
El texto se detiene abruptamente aquí, inconcluso y sucinto. De las cuatro partes proyectadas originalmente, sólo la primera es completada y la segunda, truncada. Sin embargo, la obra resulta contundente respecto de su crítica a la modernidad y el giro existencial que ella le impone al comienzo del filosofar. Mientras que el escepticismo griego conoció el origen libre de la duda, la modernidad la transformó en un acto eterno del pensamiento abstracto, borrando de este modo su consistencia subjetiva y singular. En este contexto, la duda es propuesta por Kierkegaard como un acto de libertad, que se expresa existencialmente en la desesperación de la conciencia y se supera definitivamente por la fe, capaz de reconciliar los términos en su propio movimiento reduplicador.
La presente traducción ofrece por primera vez al castellano una obra inédita que conjuga –como sólo Kierkegaard sabe hacerlo– el estilo literario con la densidad filosófica. Traducido directamente del danés, ella conserva tanto la fidelidad al original como la agilidad de su lectura. El insuperable estudio preliminar y el riguroso aparato crítico elaborado por Patricia Dip no sólo constituyen una excelente introducción al texto sino además al propio pensamiento kierkegaardiano, en su discusión moderna y contemporánea.



María J. Binetti
Ciafic - Conicet